El juego

Ilustración por Natalia Carreras (@natalia__portfolio)

A las 3:17 de la madrugada alguien golpeó la puerta. Mi perro empezó a ladrar y despertó a mi gata, que salió corriendo por la ventana a sentarse al balcón. Desde mi cama vi como Campanita se hacía un ovillo en la maceta del jazmín y bajaba las orejas. Estaba asustada. Y yo también. 

No esperaba a nadie pero la madera de la puerta no paraba de sonar. Tomé coraje y mi palo de hockey, me puse las pantuflas y caminé hasta el fondo del pasillo sin prender ninguna luz. 

-¿Quién es?- pregunté intentando que no se me quiebre la voz. 

Silencio. Ya nadie golpeaba. 

Bajé el palo de hockey, miré por debajo de la puerta para asegurarme de que no hubiera nadie del otro lado y abrí. Mi perro salió corriendo y bajo sus patas se movió algo color naranja. Era un sobre con un sello en forma de flecha azul. 

Lo tomé en mis manos y volví a entrar con mi perro para sentarme en el sillón. Antes de abrirlo respiré hondo como si eso fuese a descargar la electricidad que sentí en el cuerpo al ver ese sello. 

Lo abrí con cuidado. Dentro había un mapa dibujado a mano que marcaba con una cruz una casa cerca de las montañas. Una que conocía muy bien. Se cayó un papelito en cuanto apoyé el sobre de nuevo en el sillón. Era una nota que decía que no volviera. 

Mi corazón se saltó 3 latidos. Las contradicciones siempre fueron su fuerte pero seguir sus pistas siempre fue mi hobby favorito. 

Habían pasado 20 años desde la última vez que nos vimos. El frío de julio y las millones de estrellas en la playa a mitad de la noche. El bosque. La fogata. Los deseos que nos entregamos en botellas de vidrio. 

¿Por qué quiere jugar conmigo de nuevo? Juramos no volver a vernos después del incidente. Después de haber causado el desastre que causamos, volver a jugar su juego era como entregarle un mapa de mis debilidades y pedirle que eligiera el camino. 

Sin embargo acepté el desafío. Me vestí, agarré las llaves del auto y bajé por el ascensor hasta el garaje. Me subí y acomodé el mapa en el parabrisas, justo arriba del volante para verlo bien. 

Manejé siguiendo el camino sin saber a ciencia cierta dónde estaba el truco. Pero siempre hay un truco cuando se trata de él y verme intentar descubrirlo es su parte favorita del juego. 

La casa seguía exactamente igual, las luces navideñas que envuelven los árboles de la entrada siguen ahí aunque ya no funcionan como antes. 

Estacioné a unos metros y observé con atención. En el porche sigue el banco de madera y la hamaca paraguaya colgada de los postes que enmarcan la puerta de entrada. Todo está a oscuras, salvo la habitación del altillo que tiene una luz naranja perendida. Las luces intermitentes de los árboles hacen que bajar del auto y caminar hacia la puerta se sienta como caminar hacia la boca de una bestia dormida. 

El silencio insoportable se rompió en cuanto toqué tres veces la puerta. Ese era nuestro código. Así podría asegurarse de que era yo quien venía a buscarlo y no otra persona. 

Golpeé. Una. Dos. La puerta se abrió antes de que pudiera tocar por tercera vez. Si esto fuese una película de terror, el público me estaría gritando que corra sin mirar atrás. Pero estoy tan sumergida en ganar su juego que el peligro a mi alrededor es invisible a mis ojos. 

No me detuve a buscarlo en todos los espacios de su casa porque la única luz prendida era la del altillo y esa siempre fue su forma de dejarme pasar. Esa era la única pista que me dejaba para encontrarlo cuando no quería ser buscado. 

Subí la escalera contando todos los escalones uno por uno para concentrarme en algo más que en los ruidos de la madrugada en el medio de la nada. Conté hasta el 24 pero me detuve en seco cuando escuché el eco de su voz. 

-Yo no era el destinatario de ese mensaje.- sentenció. Su voz tenía un dejo de inquietud y amargura 

– No. Nadie reclamó el objeto perdido.- contestó una voz masculina que no pude identificar. 

Escuché pasos alejarse y volví a respirar. Alguien más estaba en la casa y era su cómplice en esta búsqueda del tesoro. Ese pensamiento provocó un frío que bajó por mi espalda y me obligó a seguir subiendo. Tenía que llegar al altillo. Tenía que encontrar el objeto perdido. 

La puerta me esperaba abierta al final de la escalera, pero las luces estaban apagadas. En el piso encontré una linterna e inmediatamente supe que las reglas habían cambiado. 

La encendí. Todo estaba en su lugar. El armario antiguo de roble todavía separa su cama del escritorio donde crea las estrategias. A la derecha de su cama, sobre la mesa de luz, encontré un pilón de sobres naranja y el tacho de basura está repleto de bollos de papel.

Abrí algunos por curiosidad pero todos dicen lo mismo. Algunos en cursiva, otros en imprenta, otros en mayúscula y otros en minúscula. “No soy el destinatario de ese mensaje. Nadie reclamó el objeto perdido”. 

La frase objeto perdido estaba circulada en rojo y mi teoría se confirmó: este objeto era importante. Así que me dispuse a buscarlo sin saber qué era lo que tenía que encontrar. 

Busqué en su armario. Entre su ropa todavía conserva su olor. Debajo de su cama y hasta en los archivos de su computadora. Leí todos sus libros y abrí todos sus cuadernos. Pero nada parecía estar perdido, hasta que fui por la cómoda del rincón. 

Cuando abrí el cajón, lo entendí todo. Lo encontré donde juraba haberlo buscado mil veces años atrás. La botella de vidrio entre su ropa hizo que el peso de 20 lunas me cayera encima de repente, obligándome a sentarme aturdida.

Cualquiera puede pensar que este es un juego perverso, pero yo sé la razón. Yo sé el por qué de su estrategia. Y ahora solo tengo que encontrarlo para reclamar este objeto perdido. 

Me paré de golpe y corrí de vuelta por el pasillo. Bajé corriendo la escalera a ciegas e intenté encontrar las lucecitas de los árboles que se colaban por la puerta que dejé abierta para asegurarme la salida. 

Empujé la puerta y salté los tres escalones de la entrada. Me caí y la botella se rompió. El vidrio me hizo un tajo en la palma de la mano pero eso no me detuvo. Junté los pedazos y seguí corriendo. 

Lo reconocí por la forma de caminar. Despreocupado. Sin apuro. Su silueta se alejaba al final de la calle donde mi auto seguía estacionado. Intenté gritar, pero no escuchó. Dobló en la esquina y desapareció en la noche. 

En el parabrisas de mi auto encontré otro sobre naranja. Adentro había una nota. “Te dije que no volvieras”. 


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