El final

Esto pasa una vez en muchas vidas, pensé. El futuro es brillante, decías. 

Empezó como las historias que te cambian el pulso: te amo, me está arruinando la vida.

¿Eso fue amor? Me lo pregunto todos los días. Pero mi cabeza va siempre al mismo lugar y ahí nos veo, siendo chicos, jugando con algo que era demasiado grande. 

Entonces pienso en teorías que van más allá de lo lógico y lo terrenal y que hemos debatido arrancando el pasto de alguna plaza de Buenos Aires. Por ahí alguna de esas teorías explica por qué todos los que nos conocen entendían que esto estaba destinado a ser. 

Porque por mucho tiempo me aferré a eso, a que tanto desencuentro y cosas mágicas no podían terminar en esto que somos ahora: dos desconocidos que hicieron lo que pudieron debajo de la misma luna, pero en galaxias diferentes. 

Aún ahora, que llevo 6 meses respirando aire limpio, extraño que fumes y que, después de comer algo dulce, te duermas en mis piernas mientras te acaricio el pelo. Porque la realidad es que sentí más cuando jugamos a ser novios que con todos los hombres que alguna vez pasaron por mi vida.

Se sintió como si, por un momento, hubiese encontrado a mi otra mitad, a alguien que se me parece demasiado. Creo que por eso me dolió como si hubiese perdido a mi gemelo, a mi mejor amigo. 

Existieron momentos, muy chiquititos y esporádicos, donde, mirándome a los ojos, me dijiste que era la elegida. Y yo te creí. Pero me mostraste que este mundo es mucho más grande que nosotros para después dejarme en el mismo lugar donde me encontraste. 

¿No te detuviste a pensar? ¿No te diste cuenta que estuvimos a punto de tenerlo todo? Ojalá yo pudiera olvidarme que estuvimos a punto de tenerlo todo. Ojalá pudiera olvidarme cómo nos sacrificaste a los dioses de tus días más azules. 

Y yo, que estaba convencida que el amor significaba salvarte, hubiera muerto por tus pecados. Pero, sin embargo, simplemente me morí por dentro. 

Porque ya no me acuerdo si esta historia alguna vez fue divertida, todo quedó sepultado debajo de preguntas sin respuesta y poemas sin destinatario. Porque si, te introduje en todos mis poemas y me cuestioné si estaba mal escribir algo así, si era incorrecto convertirte en palabras. 

Pero si todo esto fue una fantasía, ¿por qué se sintió como una promesa que de alguna manera ambos íbamos a cumplir?

¿Sabes cuántas veces escuché decir qué Dios la ayude cuando se enteraban que estamos saliendo?. Y aún así justifiqué todo, creyendo que veía en vos algo que el resto no. 

Entonces, ¿quién nos va a impedir volver a bailar hacia las llamas reavivadas si al fin y al cabo sabemos todos los pasos? ¿Cómo nos vamos a liberar de esta historia de una vez y por todas? ¿Cómo se rompe el círculo? 

Porque sigo encontrando cosas tuyas en los cajones de mi vida, evidencia crucial de que exististe, de que no me lo inventé. 

Evidencia crucial que indica que quise prender fuego toda mi ropa. Que estuve a punto de contratar a un cura para que exorcizara a todos mis demonios. Aunque corriera el riesgo de morirme gritando y con la esperanza de que lo hubieras escuchando. 

Pero después, la tinta sangró. Toda de golpe.

Me encargué de decirle a mis amigas que te odio, pero la realidad es que te quiero de igual manera. 

Me quise encargar de que veas cómo me transformé  en diosas, villanas y tontas. Cómo cambié de planes, de amantes, de ropa y de reglas, todo para escapar de tu abandono. Pero no me dejaron. 

Sigo enojada porque lo que era mío por derecho de nacimiento, de la nada, se volvió  ajeno. Y no hay nada que yo pueda hacer para recuperarlo. 

Aunque haya intentado que me cuentes sobre la primera vez que me viste, decidiste decirme algo horrible como el poeta atrapado en el cuerpo de un hombre de finanzas que sos. 

Lo más horrible que me dijiste fue que ibas a crecer y que me ibas a venir a buscar. Que si no estabas bien con vos mismo no podías estar bien con nadie. Me pediste que te esperara y acordamos que era un adiós por ahora, no para siempre.

Vos, perdido en el capítulo de los niños perdidos de tu vida. Y yo, en mi ventana, escribiendo en silencio mientras espero un sonido que me active un sentido, quiero saber qué pasaría si tus ojos mirasen los míos una vez más. Pero me siento como las últimas gotas de tinta de una lapicera que ya escribió demasiado.

En estos meses entendí algo: el amor nunca se pierde cuando se gana la perspectiva. Por eso, cuando la mujer sentada en la ventana apagó finalmente la luz, mientras se iba, sintió que volvió a respirar. 

De vez en cuando releo el manuscrito. Este pedacito de coincidencia va a estar por siempre en un lugar de mi corazón. Es el  último souvenir de mi viaje a tu orilla. 

Pero hoy, por fin, puedo escribir que la historia ya no me pertenece. 


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