Las veces que casi me fui

La primera la recuerdo bien. Me dijiste que no sabías vivir sin ella y que yo te hacía acordar mucho pero en el buen sentido. ¿En buen sentido? Eso debe ser algo positivo, entonces no me fui. 

Cumplí 25. Tu presencia fue algo a lo que nunca me acostumbré del todo. Cómo si te fueras a escurrir entre mis dedos. Pero ahí estabas, colgando los globos, de pie en una banqueta que temía que se rompiera. Y entonces, todavía concentrado en los globos, hablaste. Me sacaste de mis pensamientos. La nombrás a tu compañera de trabajo. Me repetís que es increíble porque le gusta Taylor Swift como a mi. ¿Yo soy increíble, entonces? El corazón me da un vuelco. Esa vez tampoco me fui. 

En el cumpleaños de uno de tus amigos me ignoraste toda la noche. Habíamos dormido juntos pero yo ya estaba desdibujada. Me habías intentado borrar como cuando yo quería borrar con la goma los dibujos que hacía al borde de las hojas con lapicera. Me preguntaste si me dolía el corazón. Te dije que me dolía el estómago. No me fui porque la lapicera no se borra. 

Un sábado de abril me llamaste para contarme que habías conocido a alguien. Que era igual a mi. Que le gustaba Harry Styles y era fanática de Taylor Swift. Que es increíble como todas las chicas que conozco son iguales a vos. Te respondí que lo increíble era que todas se parezcan a mí pero ninguna soy yo. Esa vez estuve a punto de quedarme. Pero me fui. 


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