Palabras (Mi versión)

Las palabras que no nacen, que no emergen desde lo más profundo del corazón, quedan diluidas en la mente. Enredadas con los pensamientos que nublan cualquier otro camino de reflexión. 

Y las pensas, en lugar de sólo decirlas, las pensas. Como si estuvieses operando a corazón abierto: una palabra que sale sin permiso puede matar en un segundo a quien tenes enfrente. O salvarle la vida. 

Pensando las palabras que surgen, únicamente hacemos más lento un camino que debería ser más fluido, más simple. 

Ponemos trabas en un camino que está escrito desde mucho antes que nuestras almas se encontraran en este plano. 

Y haces preguntas. Y buscas respuestas. Sin saber que siempre estuvieron escritas, sólo que aún no aprendiste a leerlas. O a interpretarlas. O seguirlas con el instinto innato qué hay en cada uno. 

Entonces te planteas que, el desafío más grande de esta existencia, es el de convivir con la idea de que estás para más. Pero el contexto te arrastra hacia el piso. 

¿El contexto te arrastra hacia el piso? ¿O sos vos sintiéndote cómodo en esa idea?

Y esperas una cadena de empujones. Que te tiren una soga de donde puedas agarrarte para salir. Porque no pensaste y tu palabra mató a sangre fría a quien tenías en frente. 

El grito de auxilio nunca está demás. Alguien va a ayudarte, o al menos intentará hacerlo. 

Cómo yo. 

Que te baje a buscar. Que te tire la soga. Que te organice la cadena de empujones. 

Que me quedé, sentada en un pozo que no es mío, viendo cómo me usaste de apoyo para salir y dejarme acá. 

Sin la soga. Sin los empujones. Sin ayuda. Sin nada


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