
¿Cuál es tu tragedia?. ¿Te acordas de esa pregunta? Te la hice un día mientras mirábamos el techo de mi cuarto.
Me contestaste que tu tragedia era ella. Era no poder cumplir todo lo que tenías en mente. Eran los viajes que no iban a hacer. Eran los besos que no le ibas a dar. Eran las risas que no le ibas a poder robar.
Tu tragedia eran las canciones que ya no podes escuchar. Los colores que ya no podes ver. Las caricias que ya no están.
Tu tragedia, me dijiste, era resignarte a algo que querías con todo tu corazón que perdurara en el tiempo.
Y después suspiraste y murmuraste “en fin” y te diste vuelta y te dormiste.
No se te ocurrió pregúntame cuál era mi tragedia. Cuál es mi tragedia.
Mi tragedia es estar acostada al lado tuyo, mirándote mientras dormís, sabiendo que soñas con ella. Es que mis besos no llenen el espacio vacío que ella dejó.
Mi tragedia es que mis abrazos no sean lo suficientemente fuertes para juntar tus pedazos. Que estes conmigo porque no podes estar con ella.
Es estar luchando como en la guerra. Es estar siempre preparada para defenderme de un golpe. Es pelearla sola por algo que yo quiero con todo el corazón que perdure en el tiempo.
¿Pero sabes qué? No se puede luchar por algo que no existe y justamente esa es mi tragedia.
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