Una pluma con miedo a la escritura

Siento tu piel tan delgada como una hoja y yo llevo años siendo una pluma con miedo a la escritura. 

Me invitas a escribir una historia, una que no se si estoy segura de querer escribir. Pero empiezo por la palma de tu mano y subo por tu brazo. 

Mi tinta está casi seca. Las primeras palabras no se leen pero vos me sonreís y yo sigo escribiendo. 

El miedo me paraliza cuando llego a tu corazón. ¿Debería escribir ahí? El corazón es un lienzo muy delicado y a prueba de relojes. 

No importa cuanto tiempo pase, mis palabras van a quedar impresas ahí por siempre. Y “siempre” es mucho tiempo. 

Pero ahogo al miedo y escribo. Mis letras me hacen atemporal y tu corazón es de escritura fácil. 

Mi tinta empieza a correr con más fuerza cuando subo por tu cuello y llego a tu boca. La historia se empieza a escribir sola. Ya no pienso cada palabra con mucho cuidado. Solo dejo deslizar la tinta por todo tu cuerpo.

Llego al rulo de tu oreja y, de repente, todo se vuelve un laberinto. Me pierdo en las curvas y no se como seguir. 

Me invaden las dudas. Me invade el miedo otra vez. ¿Debería haber aceptado tu invitación para escribir esta historia? ¿Debería haber sido más cautelosa?.

Pero tu mano derecha me saca de los laberintos y me devuelve al camino. Y yo sigo escribiendo para olvidarme de que me perdí por unos minutos. 

Llegar a tu pelo fue llegar a mi lugar seguro. Ahí no escribí. Aproveche la calma y cerré los ojos para descansar. 

En tu espalda mi pluma dibujo constelaciones nuevas uniendo tus lunares. Te dibuje la luna llena de septiembre y de repente se hizo de noche. 

Tu clavícula izquierda me invitó a dormir y, la pluma que le tenía miedo a la escritura, por primera vez, se sintió segura.


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