
Cuando te conocí, conocí la magia.
En realidad siempre supe de su existencia. Siempre supe que, si alguien dice en voz alta que no cree en las hadas, una de ellas muere en alguna parte del mundo.
O que podes viajar entre reinos a través de portales. O que los duendes se divierten escondiendo cosas.
Me refiero a que, cuando nos miramos a los ojos por primera vez, la magia se hizo física. O química.
Lo que quiero decir es que la pude ver, estaba ahí. Es como un cordón de luz que nos conecta. ¿Vos la ves? Esta ahí.
Si me concentro lo suficiente puedo tocarla. Cuando te acaraicio la espalda, cuando pasó mi dedo por la curva de tu nariz, cuando mis dedos se enredan en tu pelo. Ahí estoy tocando la magia.
Y es suave. Y tiene un perfume raro. Único. Es como si la magia fuera una mezcla perfecta entre tu esencia y la mía.
¿La sentis? ¿La ves? ¿La oles? ¿La escuchas? Suena como si tu banda preferida y mi cantante favorita hubieran hecho una colaboración que los hizo ganarse el Grammy.
Pero una vez escuché algo: toda magia viene con un precio. Fue como una advertencia.
Tenemos la magia pero, en algún momento, nos va a llegar la factura.
A mi no me importa si a vos tampoco. Yo estoy, sin duda alguna, dispuesta a pagar el precio de lo mágico que tenemos.
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