
Me estoy sacando las astillas. Sí, todavía no terminé. Las saco con cuidado, una por una, para no perder tanta sangre.
Ya perdí mucha. Una gota más y me quedo sin. ¿Cómo hago para vivir sin sangre? No se puede y no quiero quedarme vacía, además, de sangre.
Entre las piedras que me tiraste revoleaste un palo. Ese no me golpeó. Pero todas las piedras sí.
Fue como una lluvia y yo no tenía paraguas. Aunque tampoco me hubiera servido, necesitaba uno de acero para que tus piedras no me abrieran la piel.
Yo me sentía como un explorador en Saturno cuando te conocí. Creí que mi trabajo de investigación iba a culminar con tu salvación.
Ya tenía la teoría armada y todo: sufriste mucho cuando eras chico. Lo dramático de tu historia caló hondo en tu vida y no te dejo opción. Por eso sos así, cruel, sin corazón.
Pero no importaba, porque yo iba a poder cambiarte y me iban a premiar por hacerlo.
Lo quería hacer por esos ojos turquesas. Que reflejaban dolor cada vez que se encontraban con los míos, que disparaban hielo cuando algo te reflotaba el trauma.
Los quería salvar. Nunca vi tales ojos verdes. Quería limpiarles el dolor y que brillaran para siempre.
Pero siempre tuve complejo de heroína. Y nadie aprobó mi trabajo de investigación, ni siquiera vos, mi objeto de estudio.
Y no pude salvar a tus ojos esmeralda de la oscuridad.
Deja un comentario