
Y entonces te di la espada. La espada con la que podrías matarme. Con la que podrías abrir lentamente mi piel, dejando caer cada gota de sangre, hasta llegar a mi corazón y atravesarlo.
Te di la espada. Esa que podes clavarme en la espalda cuando esté distraída. La que podes usar para cortarme en pedacitos.
Te entregue la espada. Y la espada es poder. Entonces, te di un poder: el poder de hacer conmigo lo que quieras.
Esa espada ahora es tuya. Ese poder está en tus manos.
Podes matarme. O podes dejarla guardada en algún lugar seguro de tu casa.
Podes matarme. O podes desenfundarla cada vez que algo malo nos amenaza para que luchemos juntos.
La espada es un poder que, si decidís no usar, nos estás salvando.
Deja un comentario