
Que frágil es mi corazón. Todos mis intentos de amurallarlo fueron en vano porque llegaste y dinamitaste las paredes.
Todo voló por los aires y él se quedó desnudo. Brillando cuando te miró a los ojos por primera vez.
Agarré fuerte las cadenas que le puse. Tire con todas mis fuerzas para que no te siga, para que no se entregue y salte al vacío sin mirar.
Pero ya era tarde, saltó. Y con él, saltó todo mi cuerpo. Como si ya no me perteneciera. Cómo si hubiera saltado a propósito. Cómo si no me importara caer de lleno en el asfalto y romperme todos los huesos.
Mi corazón y yo todavía estamos cayendo. No vemos qué hay abajo, tampoco qué hay arriba, ni a los costados.
Solo caemos. Él está contento porque quiere dejar de viajar y, la verdad, siente que está llegando a casa.
Yo estoy asustada. Tengo miedo de caer a un laberinto lleno de espinas que me pinchan a medida que corro para escaparme.
Si eso pasa sería el dolor más espantoso de mi vida. Mi corazón no aguantaría tantas espinas y se rendiría, dejándome huérfana de sentimientos.
El corazón me obligó a saltar. Sin paracaídas. Sin certezas. Yo me estoy dejando caer pero, por favor, atajame. No me dejes sintiendo sola.
Deja un comentario