
Estábamos frente a frente pero atrás tuyo estaba Cupido. Lo vi, estaba ahí mirándome. Me dedicó una sonrisa burlona y me asusté.
Le leí la mente. Era el blanco perfecto para la flecha que tenía preparada cuidadosamente en el bolsito que traía colgado en la espalda.
Yo no quería ser flechada, así que ese día me escapé. Corrí y corrí sin mirar atrás. Pero Cupido se quedó con vos, como si fuera tu fiel mascota.
No pensé que, más adelante, iba a verte de nuevo. No pensé que Cupido seguía sentado en tu hombro mirándome con la misma sonrisa burlona que tanto me asustó tiempo atrás.
Otra vez lo mismo. Me miró, lo miré. Me apunto con el arco y la flecha recorrió la poca distancia que nos separaba. En cuestión de segundos aterrizó en mi pecho.
No me la puede arrancar durante ese día. Al siguiente intenté de nuevo.
Vos ya no estabas y Cupido se fue victorioso con vos. Su sonrisa ya no era burlona, era de satisfacción. Claro, había cumplido con su cometido.
Pude arrancarme la flecha y ahora la tengo en la mano desde hace varias semanas. Contame ¿Qué hago yo ahora con una flecha que no quería? ¿La guardo de recuerdo? ¿Querés que nos encontremos? Digo, asi te la doy y se la podes devolver a tu ángel mascota.
Porque Cupido fue sucio. Cupido traicionó las reglas del juego. Cupido me flechó a mi y a varias más. Y mirá si me vas a elegir entre todas ellas.
Se bien que no soy tu primera opción, no hace falta ni que lo digas. Cupido se encargó de que así fuera.
Porque Cupido no es el angelito tierno y delicado que todos creen. Su flecha no tiene forma de corazón, ni tampoco es suave y de color rosa.
La flecha es de metal frío y duro. La flecha lastima.
Sobre todo cuando cupido decide cambiar las reglas del juego.
Deja un comentario